martes 28 de junio de 2011

Capítulo VII / Hagámonos la Europa, baby.

Madrugada de viernes/sábado. Un día de esos, que bien puede ser éste viernes que en realidad es, o puede que redondamente sea otro (Por eso elijo no poner la fecha exacta, aunque la sepa, 17/06) O tal vez será que. Bueno stop. Basta de tanta explicación. Es madrugada de viernes/sábado y me siento en medio de un hecho crucial.
Para empezar y siguiendo con mi manía de buscar palabras que uso como si supiera qué significan, agarro el diccionario y copio (para empezar a entenderme)
Reflexión de último momento: ojala fuera tan fácil, se me acaba de pasar por la cabeza, que todas las dudas que uno tiene a diario, agarrás un libro, elegís por orden alfabético y encontrás una respuesta. Cerrás el libro y seguís como si nada te perturbara. Y así todo el tiempo.
Crucial: Adj. De figura de cruz: incisión crucial // Fig. Culminante, fundamental.
Reflexión número dos: lo que voy a contarte tiene que ver más con la definición figurativa que con el adjetivo. Aunque reflexionando por segunda vez, tiene algo de cruz. En otro sentido.
Empecemos por el principio: subsanado el inconveniente anterior con mi señora madre, digo, dadas las explicaciones del caso, el Lemon Pie arrojado a la basura y alimentado el gato, se me ocurrió la estúpida idea de tratar de ver a Manuel, pero sin que me viera. Como si la muy pelotuda fuera transparente, supongo que diría mi hermanito, segunda parte de este día crucial.
Concretamente, sabiendo el horario en el que sale de la librería (en la que no trabajo más, ya te contaré cómo y de qué vivo ahora) te decía, sabiendo el horario de salida, se me ocurrió observarlo desde la vereda de enfrente. ¿Querés que te diga algo? (Mimetizándome con mi progenitora) Lo ví muy desmejorado. Qué sé yo, fue la primera impresión, supongo que en algún momento imaginé que ella tenía razón, que Manuel se droga y estaba súper duro cuando cerraba la cortina del local. Muy ojeroso, la ropa toda arrugada, y eso. Siempre fue un poco dejado, pero supongo, nuevamente desde mi costado vieja chota, que desde que nos alejamos y no estoy cerquita para plancharle las camisas, prepararle la comidita y acomodarle el pelito… No, no, perdoná. Estoy evadiendo, tratando de hacerme la graciosa y la verdad es que me hizo mierda verlo.
¿Y para qué fuiste a su encuentro? Preguntás, pregunto, preguntarán (¿Quiénes?) porque soy una omnipotente de mierda y supongo que sin mí, y más allá de tener puesta la libido en otra mina, no puede “ser” sin quien te escribe. Es decir, somos dos, siempre tuve esa sensación. Mutualismo, me acuerdo de haberlo visto en la primaria, la vaca y el pajarito comiéndole los microbios… O algo por el estilo.
No me hagas caso.
Simplemente necesitaba verlo. Y el punto es que mientras lo miraba como una idiota, terminó de cerrar el local, se dio vuelta y enfiló para donde estaba yo, escondida detrás de un arbolito de morondanga que apenas si tapaba la mitad de mi pollera. Cruzó la calle casi sin mirar en el sentido desde donde venían los coches, clavándome la mirada. En ese momento y como tantas otras veces, me sentí estúpida, y tuve enormes ganas de estar tirada sobre las piernas de mi mamá llorando a moco tendido, que dicho sea de paso, hace años que no lo hago y lo extraño.
Terminó de cruzar la calle y se paró enfrente de mí. Le dije “hola”. Me estudiaba con la mirada como si no supiera bien de dónde me conocía.  Yo no podía hablar, de hecho no le dije nada más, ni le respondí cuando me preguntó si había ido hasta la librería a buscar el cassette de la cantante “japonesa” que tenía en su walkman. Y sentí que perdía noción del espacio y el tiempo, como sí, en ese instante en que metía la mano en el bolso y sacaba el cassette, sólo estuviéramos los dos en medio de un paisaje llano y desértico.
Fueron dos segundos.
Agarré el cassette, lo metí en el bolsillo de mi campera de jean y no sé quién de los dos se fue primero o qué nos dijimos. Yo empecé a caminar mientras me reía. Entiendo que de mí.
¿Será como decía al principio, un hecho crucial? Qué sé yo. Me cruzo con el tipo que me desestabiliza con solo tenerlo enfrente y sin embargo ninguno de los dos tiene nada para decirle al otro. ¿Habrá un antes y un después? Me devolvió el cassette como diciendo “bueno nenita, no te debo nada, no tenés excusa, dejame hacer mi vida en paz. Seguí garchando con Eduardo los viernes, suerte” ¿Ese fue el mensaje de su mutismo, de sus movimientos fríos, de su mirada? No quiero ni pensarlo.
Pero no termina ahí. Después de eso, entré en un cyber café con la intención de enviarle un mail a mamá. Supongo que esa cosa impersonal de escribirle y no llamarla, mantiene la distancia que ambas necesitamos y también fantaseo con la posibilidad de que se trate de otra persona y no la que es.
Tenía la intención de contarle esto también, decirle que hay otro Manuel detrás de esa voz drogona; que esa voz tiene la facultad de enmudecer la mía; que es la primera vez que siento a un hombre como tal; que el resto me parecen insípidos, como si no pudiera entablar ningún vínculo con otro tipo que no fuera él.
Cuando abrí mi casilla de correo electrónico me encuentro con las siguientes líneas de mi hermanito, el deportado… Imprimí una copia, para agregarlas en el parte del día de hoy, en plan de mostrarte con documentos lo que más o menos ya suponés de él.
Plasticola y dos hojas tuyas me alcanzan para que empieces a entender a qué me refiero.
De: Pablo Makaroff (SMTP: pmakaroff@imail.com.ar)
Enviado el: Jueves, 16 de Junio de 2004 10:28 a.m.
Para: Amparito
Asunto: Importante: TEMA ABOGADA
Amparo: hoy me mandó un correo la abogada y todavía no le llevaste nada. Haceme el favor, porque una vez que le lleves eso, yo le mando la guita que faltaba.
Pablo.
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De:   Amparito
Enviado el: Viernes, 17 de Junio 08: 35 PM
Para: Pablo
Asunto:     RE: Importante: TEMA ABOGADA

A ver,  no me mal interpretes: A tu querida abogada le dejé dos mensajes en el contestador avisándole que yo no podía por lo horarios del trabajo y demás, acercarme hasta Tribunales para llevarle los papeles como me había pedido una vez que llamó a lo de mamá. Digo, todo bien, pero vos estás en Italia, a diez mil kilómetros de distancia y esta otra idiota también se pone exquisita y me pide que me acerque, y por alguna extraña razón siento que ni vos ni ella se fijaron que yo no soy mensajera… ¿No? Tengo derecho a decir no tengo ganas y sin embargo no lo hice, pero paremos un poco. En adelante para evitar mails y mal entendidos, manéjense directamente entre ustedes que parece que se entienden a las mil maravillas y no como nosotros. Y para terminar, me jode también que no escribís durante dos meses y una vez que lo hacés solo me preguntás por los papeles de mierda, obviando si yo estoy bien y esas cosas. El tema es que no me sorprende, y está bueno que alguien te lo diga de una vez por todas: Siempre, siempre, incluso cuando creíste preocuparte por los demás, te preocupaste por vos mismo, Pablo. Siempre. Y si alguna vez me lo banqué y te perdoné fue porque te quiero… y también porque vos y mamá son lo único más o menos similar que tengo a una familia. Dicho sea de paso, a ella también le perdoné miles de cosas. Aunque a veces los dos me pinchan y me terminan jodiendo como vos en este momento. No sé, pensalo. Siempre parece en nuestra historia que la tiro al aire, la equivocada, soy yo, y la verdad es que me jode ese lugar en el que me ponés, cuando en realidad lo que me estás pidiendo con lo de los papeles es que solucione algo de lo que no quisiste hacerte cargo en su momento porque tenías que irte a Italia a perseguir tus sueños. Es más, para que quede claro: yo apruebo tu viaje a Italia, mas allá de lo que te haya dicho nuestra santísima madre, pero estaría buenísimo que te dieras cuenta que, a veces, los otros tenemos una vida de la que ocuparnos, y que pareciera que eso no te importa o te importa poco… Es más importante tu casa, esa que vos quisiste comprar en su momento,  y que incluso con mis diferencias al respecto, también aprobé… Todo tiene un límite Pablo. Pensalo.
Igualmente acabo de llamarla a tu abogadita para que pase por mi departamento a retirar esos papeles de mierda. Obviamente pretendía que se los mande por un mensajero y que lo pagara yo. ¿Entendés a qué me refiero? No solo tengo que lidiar con tu indiferencia hacia mis cosas, sino que además tengo que soportar que esta pelotuda, a la que supongo le pagarás los honorarios en Euros, me pida que le banque el mensajero.
Hasta acá llegamos.
Tema abogada, solucionado.
Mis cosas bien, por si te interesa. Acá seguimos manejándonos en pesos, el presidente tiene un ojo desviado y se parece a Tristán. Y cuando cobro el sueldo me lo pongo entre las tetas por miedo a que me lo roben… No como vos y tu venerada Italia.
Un beso.
Amparo.
Sí, soy una tarada… Cuando él se fue a Italia, y por esa cosa que tenía antes de idolatrarlo hasta lo insoportable, acepté hacerme cargo de su divorcio, a través de un poder amplio que me dejó. Ahora que lo pienso ese poder lo podría utilizar para cobrarme su indiferencia congénita… pero no, prefiero hacerlo venir desde allá. Le va a doler más. A veces siento que me aburro de mí misma.

¿Entendés? No quiero ponerme melodramática, pero ¿todas mis relaciones con los hombres se van a dar en esos términos? Es decir, Pablo no me ve, con Eduardo solo cojemos sin hablar y con Manuel monosílabos que alargan cada vez más el abismo que nos separa.
Te lo dije antes, es viernes, podría haber sido éste, o cualquier otro. Pero hay una diferencia que lo hace (supongo) “especial”: la principal es que acabo de llamarlo a mi amante mudo y le dije que estaba con la regla. Sé que suena cursi, pero así le llama él y no menstruación, dice que le da menos asco. Me dijo que no le importaba, que tenía una cena con otros profesores de la facultad, que se había olvidado de avisarme.
Estoy empezando a sentirme para el culo, gracias a ellos (Pablo, Manuel, Eduardo y un larguísimo etcétera)
Concluyo para cerrar el reporte del día de la fecha: provoco amnesia en los tipos y sin embargo yo no puedo sacármelos de la cabeza. Hijos de mil putas, ya van a ver, el día menos pensado, me declaro casta y ése sí va a ser un día crucial. Para ellos.

domingo 19 de junio de 2011

Capítulo VI / Otoño.

Martes 14 de Junio, llueve, hace un frío de locos y tengo sueño.
Diario:
Al llegar a casa encuentro la siguiente nota sostenida por un imán en la puerta de la heladera:
Ampi: pasé para ver cómo estabas… lógicamente no te encontré, como siempre. ¿En qué andás? ¿Podes dignarte a llamarme o a pasar? Estoy preocupada, también como siempre. Te dejé adentro de la heladera un Lemon Pie recién hecho, comételo rápido que se pudre el huevo, ¿si? Por si te olvidaste el número de casa te lo dejo: 4552 – 0441. Entiendo que podés olvidarte de mí y del teléfono, así que por eso te lo escribo. Nada más. No quiero invadirte, lo sabés. ¿Lo sabés? Supongo que no. Igual te quiero. Llamame.
Tu mamá. (La que te tocó)
PD: Ah! Importantísimo, (de hecho vine hasta acá por eso. Por eso y por el Lemon Pie) llamó ese chico que vivía con vos ¿cómo se llama? Bueno, vos sabés, ése… veinte veces llamó. Una de esas veinte a las tres de la mañana, diciendo algo de los padres y qué sé yo qué historieta, no sé, vos sabrás. Creo que estaba drogado… nada, llamalo, llamame. Llamanos.
PD2: Que flaco que está Antú… ¿le das de comer? No importa, ya le cambié el agua, las piedritas y le puse alimento.
Un abrazo.
Me causa gracias. Siempre me parece lo mismo. Que la loca se la quiere dar de abierta, de superada y sin embargo no deja nunca de ser la típica ama de casa convencional, cuadrada, que se queja del precio del azúcar, prepara Lemon Pies, evade la muerte de su esposo como si fuera un mueble que oportunamente se cambió por uno más moderno y visita a su hijita del alma para ver si puede sin ella. Es gracioso desde esa perspectiva. Desde otro punto de vista absolutamente opuesto, me rompe soberanamente las pelotas que todavía tenga las llaves del departamento, aunque cada vez que viene nunca estoy (¿será casualidad o causalidad?) que le cambie “el agua y las piedritas” a Antú y sobre todo el gesto ése de dejarme anotado el teléfono de su casa.
Te aprovecho para hacer catarsis (que nunca supe bien qué es… pero supongo que me hace bien. ¡Ja!)
No quiero que siga viniendo.
Propuesta: cambiar urgente la cerradura de entrada al depto.
No la voy a llamar. Cada vez que lo hago llora. Me dice que ella me educó para otra cosa, con la cultura de ganarte el pan, Ampi (odio que me diga así) de laburar ocho horas, cobrar el sueldo a fin de mes, pagar la luz, el gas, las expensas y mirar al gordo Lanata como el gurú de la verdad absoluta e irrefutable. La mina responsable que se preocupa de los males del mundo viendo telé comiendo un yogurt descremado con cereales, mientras piensa que es indignante que los pibes del bosque chaqueño trabajen desde los ocho años por monedas. Esa imagen hubiera querido repetir en mí. Eso es ella hoy. O siempre. O ahora lo veo. Qué sé yo.
No quiero eso para mí. Y encima nunca le reclama nada al otro imbécil de mi hermano, porque según ella, él está preparado, estudió y se fue del país porque sabía que no tenía posibilidades con la biología marina, que como esa área la maneja el estado, es imposible meterse si no conoces a alguien, y no estaba dispuesto a transar…
Mientras te escribo esto último vuelvo a reírme. ¿Así que mi hermanito el inmaculado Pablito, se fue del país porque no quiso transar con el Estado, porque no quería que el Estado le dijera con cuánto contaba para investigar la vida del cangrejo de Indonesia y sus posibilidades de adaptabilidad a las costas rioplatenses?
(Redacto lo siguiente imaginándome a mamá enfrente mío, tomando un té de duraznos) Mamá: Pablito, tu adorado Pablito se fue del país por dos cosas: A) para escaparle al fantasma de la responsabilidad que siente sobre los hombros desde lo de mi viejo y B) porque quiere forrarse de guita  laburando de conserje en un hotel donde todos los compañeros son extranjeros sin papeles a los que se les paga, como a él, en euros…. Cobra el sueldo y sale corriendo a comprarse todo lo que no puede comprar acá gracias a los quinientos o seiscientos pesos que cobraría por hacer exactamente lo mismo. Eso fue a hacer tu idolatrado hijito a la concha del mono. Y no está mal. Lo que está pésimo es que sigas creyendo que se fue a laburar de lo suyo. Que el nene se fue porque quería progresar investigando para el estado italiano o somalí.
Listo. Eso le diría de encontrármela algún día o si me digno a llamarla alguna vez.
Y acá quiero hacer, como quien diría, un aparte. ¿Te fijaste en la primera posdata que me dejó en la misma notita? Repacemos: … llamó ese chico que vivía con vos ¿cómo se llama? Bueno, vos sabés, ése… veinte veces llamó. Una de esas veinte a las tres de la mañana, diciendo algo de los padres y qué sé yo qué historieta, no sé, vos sabrás. Creo que estaba drogado… nada, llamalo, llamame. Llamanos.
¿Manuel llamó a lo de mi vieja? (Manuel se llama el pibe mamá, aunque no se digne a aceptarlo) ¿Qué quiere? Nunca se le hubiera ocurrido hacerlo.  Se lo prohibí una vez que me esperaba a cenar a las ocho, y eran como las doce de la noche y yo no llegaba. De hecho, salvo esa vez que generó la prohibición, jamás volvió a llamar mientras vivimos juntos. Y eso que algunas noches, cuando discutíamos y en ese entonces estaba todo bien con mamá, yo me iba a su casa. Lo que tampoco entiendo es lo de la cantidad de veces, y sobre todo lo del llamado a las tres de la mañana. ¿Drogado? Para mi vieja si alguien dice algo llorando, excepto ella (claro está), se droga. Como si la gente no pudiera sentir dolor, como si la única autorizada a sufrir fuera ella y nadie más. (Propuesta dos: después de lo de la cerradura, llevar esto a análisis)
No entiendo.
¿Qué querrá? ¿Qué querés Manuel? (Te vuelvo a utilizar para hacer catarsis. En este caso prefiero evitar los detalles de cómo me lo imagino a mi interlocutor, porque puedo llegar a pecar de pajera… y esa es una observación muy suya y además es cierta, y no tengo ganas) (¿De qué?)
Manuel, no llames más a la casa de mi vieja ¿querés? Lo de nuestra ruptura (¿por qué hablo como si fuera su ex pareja?) (Añadir a propuesta dos) fue de “común acuerdo”, ¿si? ¿Qué carajo querés ahora? Y en todo caso ¿por qué mierda la metes en el medio? Sabés perfectamente que me jode que ella se meta en mis cosas. Aunque ahora que lo pienso vos nunca fuiste una “cosa” mía. Y supongo que por eso es que la decisión fue de los dos. Me refiero a la ruptura del vínculo que teníamos. Fue de común acuerdo. Vos me dijiste en esa “charla” en el bar de San Telmo que no te aguantabas más ese constante tira y afloje entre nosotros. Que vos sabías perfectamente dónde tenías depositada tu libido. Pelotudo, te hiciste el psicoanalista y todo, ahora que me acuerdo. Pero, nada, esas fueron tus palabras, y supongo que entendí que no querías cojerme ni en ese momento, ni nunca y yo ya lo sabía. ¿Te acordás que te lo dije? Cuando vos dijiste lo de la libido, yo te dije eso: que yo también sabía dónde tenía puesta mi libido y era en vos (¿era?) Y también me acuerdo que justo cuando estaba dispuesta a decirte que… vos saltaste con que no te bancabas lo de Eduardo. Que no podías concebir (usaste esa palabra) que una mina como yo estuviera con un viejo choto como él. Que si era por lo de la guita que vos no tenías prejuicios al respecto y que estaba lleno de tipos jóvenes con la misma condición económica. Que estaba para algo más.  Y ahí fue donde de repente sentí que se abría un abismo inmenso entre nosotros. Tu postura absolutamente machista e idiota me terminó de soltar las lágrimas que me venía aguantando. ¿Y te acordás qué hice? Yo sí. Mientras lloraba como una estúpida, y sintiendo que todo el mundo nos miraba y sin importarme esto último, me levanté de la silla, te tapé la boca para que no me interrumpieras y te dije a los gritos que lo de Eduardo era exactamente lo mismo que lo tuyo con cualquiera de las minitas esas de la Facultad, y que a ver si tenías los huevos suficientes para hacerte cargo de eso… Vos que todo lo tenías supuestamente tan claro. Te dije que con Eduardo yo cogía porque vos sabías dónde mierda tenías depositada tu libido y no era en mí. Que si no lo podías concebir, revieras qué mierda hacer con lo que a mí me pasaba con vos (¿pasaba?) Agarré mi bolso y me fui.
Y ahora, tres meses después, llamás a mi vieja a no sé que hora de la madrugada preguntando por mí y diciendo no sé qué cosas de tus viejos. Ese otro gran tema tuyo. Tus viejos. Egoísta. Sos tan egoísta que ni siquiera tuviste el decoro de suponer que lo de tus viejos, (no sé qué le habrás dicho a mi mamá pero puedo suponerlo) es una patada en la nuca para ella. Idiota, te lo dije mil veces: ella también perdió amigos de toda la vida. No fuiste el único. Hay no sé qué cantidad de gente en tu misma condición y sin embargo no andan por ahí jodiéndose la vida entre ellos. Pero tampoco lo pudiste ver. ¿Qué te pasa Manuel? ¿Se te acabaron las estudiantes? ¿No hubo este año ingresos en el CBC? Digo, nueva carne para desplegar tus encantos ¿y es por eso que venís ahora a querer reacomodar el rompecabezas que vos mismo te encargaste de desarmar?
Mirá Manuel, no sé en qué momento voy a tomar coraje para decirte todo esto, palabras más, palabras menos, pero si hay algo que tengo claro es que en la medida que vos no quieras recomponer tu historia, no vas a poder seguir escribiéndola. Resolvé tu pasado o dalo directamente por cerrado, pero no me jodas a mí con eso, y menos las metas a mi vieja.
En algún momento prometo que esto mismo  te lo voy a decir. Por ahora no tengo fuerzas. Quizás tenga que ver con que ahora cuando me acuesto con Eduardo le pongo tu cara, imagino que sos vos y como Eduardo tiene la vida mucho más resuelta me parece o me parecés el hombre prefecto. Tu aspecto y su forma de ver las cosas. Todo en uno. Sí, no está bien. Pero ninguno de los tres, en nuestra individualidad estamos mejor. Así que es un paliativo. Por lo menos para mí. Y acá puede que esté siendo tan egoísta como ustedes dos. Eduardo que decide llevar esa doble vida a expensas del silencio ante su mujer. Y vos que no resolvés nada y llamás a mamá a esa hora de la madrugada y aparecés como un fantasma que nunca se digna a terminar de irse o a descansar en paz. Como tus viejos, como treinta mil personas más (o menos, no sé) Aunque sigas en la duda eterna respecto a este tema, de puro cobarde.
¡Uff! ¿Te decía antes que no sabía del todo lo que era la catarsis? Me parece que ya empiezo a entender cómo funciona. Bueno, mirá lo que provocó esa notita de mierda. Releyendo creo que me la agarré más con Manuel que con mi vieja. En cierta medida creo que la entiendo o algo por el estilo. A Manuel no. Pero en definitiva me siento más aliviada, aunque en concreto vuelque estas palabras en tus hojas como una adolescente y no le haya dicho ni la mitad a quien corresponde. Pero me sirve así por ahora.
Cambiando rotundamente de tema, tengo ganas de dejar asentado acá algo que me agarró repentinas ganas de hacer. Esos placeres chiquititos que a veces me doy para no sentirme que naufrago sin rumbo.  Si fueras persona, y pudieras darme tu opinión, supongo que me dirías que no está mal. De todas formas lo voy a hacer, digamos que lo veo como la fase final de la catarsis. Lo que me permite volver después de.
Dos segundos y ya estoy con vos.
Puse a llenar la bañadera. Mientras te escribo estoy descalza y en ropa interior, casi casi en bolas. Tengo frío. Me armé un porro gigante con lo que el otro día me regaló Eduardo que le regalaron unos amigos “hippies” que tiene. (Observación: esa tendencia que tienen algunos mayores de cincuenta de justificarse por temor a que una piense que si fuma marihuana se quiere hacer el joven. La verdad es que nunca fumamos con Eduardo). Te decía que me armé uno gigante. Voy a poner el disco ese de Christopher O´Riley, el pianista de jazz, en el que interpreta temas de Radiohead y me voy a quedar en la bañadera durante horas mirando los frasquitos de sales que tengo en uno de los bordes. 
Y a no pensar en nada.
Un saludito a Manuel, y a mamá… y por qué no a Pablito y a Eduardito que no pueden darse estos lujos por razones muy distintas. O no. 

Capítulo V / Todos los estadíos de la negación.

Querido diario: dos cosas importantes que quiero que sepas. La primera: me siento terriblemente patética escribiendo en tus hojas. Nunca puedo dejar de hacerlo ni tampoco puedo dejar de sentirme así, por lo tanto, te escribo la segunda cosa que quiero que quede clara: esto que hago, lo hago porque sí, como cada cosa que hago desde que me levanto a la mañana para ir al colegio hasta que me acuesto. Inercia. Hoy alguien me explicó qué era. No sé bien si en una clase o fue uno de los chicos del curso, pero me gusta la palabra y me gusta lo que significa. Y me hubiera gustado que mis viejos me pusieran esa palabra como nombre y no Amparo. Tiene más que ver conmigo. También por eso busqué a la tarde en el diccionario mi nombre y no me gustó lo que decía. Vuelvo a agarrar el diccionario y copio: amparo m. Acción y efecto de amparar o ampararse. II Defensa II al amparo de, con la ayuda de. ¿Está claro por qué no me gusta? No, seguramente no. Supongo que entendí lo que significa y entonces por eso supongo que quiere decir algo así como dar refugio, ayudar a… Y la verdad es que estoy tratando de entender dónde carajo puedo refugiarme yo, así que lisa y llanamente no puedo refugiar a nadie ahora. Y creo que nunca pude. Entonces mi nombre está de más. Como si me llamara llave y no abriera ninguna puerta. O algo así.
Ahora que lo pienso, tengo otra aclaración que hacerte. No sé si a vos, a tus páginas, o más bien lo escribo para que me quede claro a mí. (Guardo la extraña sensación que una vez impresas, las palabras tienen otro significado, más claro, más concreto. Por eso)
Te decía, quiero aclarar una tercera cosa. Ya sé qué edad tengo. Sé que no voy al colegio hace más de diez años y que lo que vengo escribiendo lo hago como si fuera una adolescente tardía que quiere contarte su primer menstruación o su primer beso, cosas que por otra parte me son lejanas. Elijo ese tono, e incluso te hablo como si fueras persona y no papel  inerte en el que vuelco mis divagues por varias razones a saber: la primera,  fui feliz, inmensamente feliz, ignorándolo todo, cuando tenía doce o trece años. Tenía plena conciencia del suicidio de mi viejo y había aprendido a convivir con eso. De hecho mis preocupaciones eran banales, aunque creyera fervorosamente que el mundo estaba confabulado contra mi acné, mis supuestos kilos de más y el pibe ese que jamás me cogió. De hecho, esos eran mis problemas. Nada que no pudiera arreglarse con cremas, gimnasio o poniéndome una minifalda más corta o un pantalón más ajustado. Por ese entonces era el vivo reflejo de esos programas juveniles de la televisión donde entre polleras escocesas y padres “cancheros”, el principal problema de mi generación era no poder seguir cursando Alemán en algún instituto privado, o hockey, o polo, o. Una adolescente de clase media cuyos padres deberían de viajar a Miami todos los veranos, sino fuera porque mi viejo pertenecía a una generación conflictuada y por eso se había rajado la cabeza de un tiro algunos años antes, y mi vieja se empastillaba para superar la imagen de la masa encefálica de su amado esposo. Con lo cual, y a pesar de esto último, mis problemas juveniles eran la trascripción a la vida real de la montaña rusa adolescente y televisiva.
Mi vieja sólo creía que me faltaba crecer.  Que mis actitudes tenían que ver con mi edad y con mi viejo ausente. La mina del Gabinete Psicopedagógico del colegio que una vez tuvo una charla con mi progresista madre, le dijo que ya se me iba a pasar. Que mi rebeldía era parte de un estado natural de todo adolescente: adolecer. Y todos contentos. Incluso yo misma, a pesar del escándalo que armé en ese momento porque suponía que si esa estúpida había estado en casa, todo el colegio se iba a enterar y como resultado jamás me iba a besar nadie. ¿Entendés? Esas eran mis preocupaciones de entonces. Y tenía sentido volcarlas en tus hojas. Todas las chicas de mi edad lo hacían. Todas teníamos hermanos o hermanas mayores que espiaban en secreto, cada palabra impresa sobre vos y tus otros vos y también era parte de mis banales problemas de entonces.
Así que: que te quede claro, no soy una esquizo con problemas de personalidades múltiples ni tuve una regresión. Me siento incapaz de ocuparme de mis problemas actuales, que poco tienen que ver con aquellos y tal vez por eso recurro a vos, y pongo un cassette TDK 60 y escucho The Cure porque no está Manuel para reprochármelo. ¿Y sabés que siento? Que no hay retorno. Que pasaron los años. Que hoy mi vieja, la progresista, me dice adicta, enferma, que no entiende una mierda. Que en ese entonces, todo tenía un por qué y ahora no. Antes la culpa era de la edad ahora es mía, y punto. Yo elijo. Antes tenía que identificarme con mi grupo de pertenencia, ahora no hay grupo, no pertenezco, ni puedo ni quiero identificarme. Y así las cosas. 
¿Entendido? Y también supongo que uso este nuevo tono, el agresivo, porque es mucho más fácil, como cuando adolecía, usar este nuevo tono y poner todo sobre tus hojas, y no agarrarla a mi vieja de los pelos y meterle veinte líneas de cocaína para que pruebe y quizás le guste y quizás así pueda dejar de llamarme a las tres de la mañana para ver si ya me morí y puede pasar por el departamento a buscar el gato.
Ya está. Lo puse. Solo lo sabemos vos y yo. Sí, tengo ganas de ésas y otras atrocidades más.  Pero nadie tiene que saberlo. Mi hermano está viviendo su vida burguesa en el culo del mundo, haciendo exactamente lo mismo que bajo ningún concepto haría acá, mientras filma recitales que jamás veré y como pastas sintéticas recalentadas en microondas, y cuenta euros y ve películas sin subtítulos en el país de donde antes venían barcos repletos de gente huyendo de la guerra.
Me puse estúpida. Tercer estado. Adolescente, agresiva, estúpida. Quería decirte que como él está en Italia, no puede espiarte y entonces no corro riesgos y enseguida me puse tarada y dije otra de las cosas que me atragantan. Así que nuevamente… ya está.
Y tampoco es tan cierto que escribí todas estas palabras para decirte que no puedo. En todo caso estaría bueno, sería hasta terapéutico decirte qué me pasa y no seguir hablando una vez más y van mil, de mi vieja progre, mi hermano burgués y mi adolescencia noventosa que extraño por eso de la banalidad y punto. 
Te dije que no puedo hacerme cargo de lo que me pasa. No puedo, es eso. Y de lo que no me puedo hacer cargo es de mi necesidad de Manuel. Lo necesito. Necesito que se niegue a dejar a sus viejos en paz, necesito que discutamos, que fumemos marihuana juntos mientras vemos Rambo I, II y III tirados en la cama sin tocarnos, riéndonos de Stallone como si fuera Pepe Biondi. Necesito nuestros eternos almuerzos en ese silencio absoluto que imponía, porque estaba  harto de que le preguntara todo el tiempo qué le pasaba. Necesito verlo salir del baño desnudo después de ducharse y escucharlo gritar que soy una pajera irrecuperable, que soy su amiga, que no sea tarada. Necesito estar durmiendo en el comedor un viernes a la noche que no salí con Eduardo y sentir el roce de su mano en su pija mientras se masturba. Sé cómo suena. Pero necesito todas esas cosas y no puedo hacerme cargo. Sería terrible caer en la cuenta que no tengo dónde depositar esas necesidades. Que no hay forma posible de satisfacerlas. Aunque ya lo sepa. Aunque sea un hecho.
Hasta mañana.
Amparo.

domingo 12 de junio de 2011

Capítulo IV / El elefante de la fortuna.

Hoy es viernes.
Trabajé de las nueve de la mañana a las siete y media de la tarde.
Trabajé como lo vengo haciendo desde hace aproximadamente 300 viernes.
Sí, los tengo contabilizados, me dije mirándome al espejo, mientras trataba de sacarme una mancha de tinta china del antebrazo.
La misma cara, la misma imperturbable expresión, el mismo respirar acompasado, la misma gentileza de siempre, los mismos comentarios de siempre (con los clientes de siempre y con mis compañeros de siempre), los mismos puchos fumados a las mismas horas desde hace trescientos viernes. La regla en la mano izquierda, el portaminas en la derecha, la radio sonando a no sé qué desde hace trescientos viernes. Siete y cuarto saqué de la caja los dos billetes de cincuenta y los dos de diez, siempre lo hago así. Siempre digo que es para no gastar. No tengo cambio, no gasto, razono. Hoy no. Doscientos noventa y nueve viernes exactamente, metódicamente iguales. Salvo éste. Por los billetes. Y porque me la pasé llorando a Amparo, sin saber a qué parte de ella, su (o nuestra) historia.
Lloré a Amparo o a su ausencia o a la música que elegí para acordarme que no está conmigo porque sigue eligiendo refugiarse del mundo que cree en su contra. Después me fui del local dejando un plano a medio terminar. El lunes lo termino. Agarré el bolso. Pulsé play en el walkman y escuché el lado B de un cassette de esa cantante “japonesa” que le gusta a ella y que yo supuestamente odio, a la que le digo “japonesa” cuando su nacionalidad es otra, simplemente para fastidiarla aún más.
Hoy es viernes, tengo dos billetes de cincuenta y dos de diez pesos en la billetera y los voy a gastar. Tengo cuatro billetes, un cassette de esa cantante “japonesa” y un atado sin abrir de unos cigarrillos horribles que elegí  fumar para no gastar la plata. En cigarrillos. Y me siento bien.
Cruzo un quiosco de diarios y le pido “Clarín”. Le queda uno todo despedazado. Le digo que me sirve, que tengo una verdulería y me quedé sin papel para envolver las docenas de huevos. El tipo, por alguna razón, se ríe. Yo no, le entrego uno de los billetes de diez pesos y me llena de monedas porque no maneja billetes a esa hora por los robos. Guardo el vuelto en el bolsillo del bolso y mientras suenan las primeras notas de un violín eléctrico decido sentarme en la garita de la parada de un colectivo que no sé a dónde va, a leer el diario que acabo de comprar.
Lo primero que me llama la atención, (supongo que esa es la idea de quienes diagraman el periódico), es el titular en letras enormes y negras. Habla del rescate con vida de una mujer de apellido compuesto que estuvo secuestrada dos semanas enteras y aclara que no fue necesaria la entrega del dinero del rescate. Trato de imaginar qué estaba haciendo yo cuando secuestraron a esta señora. Automáticamente vuelvo a fijar mi atención en el papel impreso. No quiero acordarme qué estaba haciendo, o mejor dicho, me acuerdo y es por eso que  no quiero o prefiero la victoria de esta señora antes que mi recuerdo cambie instantáneamente mi estado de ánimo. De todas formas, e incluso queriendo centrar mi atención en lo que leo, siento en algún lugar de mi espalda un deja vú. Lo siento en la espalda, cerca de la espina dorsal. Siento que ya estuve acá leyendo este titular o uno similar. Me saco los auriculares y escucho el ruido de los automóviles al pasar. Hoy me siento bien. Lo digo en voz alta. No quiero acordarme de esto tampoco.
Instantáneamente  me rió por lo bajo, como si compartiera un secreto con alguien que los demás no pueden ver. Me rió de mí o del supuesto deja vú. Lo que pasa Martín, me dice ese otro que los otros no ven, es que estás leyendo otro nombre en el titular, pero desde hace meses que “la noticia” es esa y ninguna otra. Cambian los apellidos. Los dos nos reímos mucho, estruendosamente. No me importa. Me siento bien, los otros no perciben su risa, sólo la mía. Además tengo el diario, ciento veinte pesos para gastar y esa música tan linda que escuchaba Amparo antes de que le robara este cassette. Y es un viernes distinto a los últimos doscientos noventa y nueve anteriores.
Voy directamente al rubro que me interesa de los clasificados. Anoto un nombre que me gusta como suena y el número de teléfono que le corresponde en la libreta que me hice de restos de papeles de la Librería. Guardo el diario en el bolso, me acerco a un público y marco el número.
Acabo de salir del hotel alojamiento al que fuimos a parar para resguardar a Amparo. Ahora que lo pienso, no sé de qué la resguardo. Ni porqué sigo tomando recaudos cuando ya no vivimos juntos. En realidad no sé que haría si la cruzara y me viera acompañado por una travesti. Supongo que ella me creería incapaz de algo así y por ello las medidas de seguridad, el Hotel. No lo sé. Fue horrible. No era tan interesante como suponía. No la pasé mal, pero se notaba que fingía o que no tenía ganas de hacer nada de lo que le sugería, y para colmo no quise gastarme toda la plata en ella, así que por supuesto, tampoco podía exigirle demasiado. Sus gritos eran calculados, demasiado exagerados, inclusive podía adivinar en qué momento los iba a largar, segundos antes de que efectivamente lo hiciera. Pretendía algo menos actuado. Está bien, acabé rápido. Pero ese es su trabajo, y tampoco me ayudó demasiado a aguantar más. No me siento bien.
Le desconté diez pesos del servicio porque me reprochó que todo el tiempo la llamara con un nombre que no era el suyo ni correspondía a su género. Se fue gritándome que era un nenito eyaculador precoz, que me gustaban los tipos… Mariquita alta, dejá de acostarte con nenas, mi amor, si querés conozco unos chongos divinos… Pero vas a necesitar más plata que la que me pagaste a mí, ¿sabés? Con treinta pesos no hacemos nada, yo porque estoy cagada de hambre… pero los chongos, sabelo, son caritos mi amor…
Pegó un portazo, segundos después de tirarme con un elefante de la fortuna que había sobre la mesa ratona del cuarto.
Yo me quedé tirado en la cama puteándola. Monologué durante casi media hora como si se hubiera quedado escondida detrás de la puerta.
Son las tres de la mañana. Me quedan cuarenta pesos y todas las monedas del quiosquero.
No tengo sueño.
No estoy cansado.
No me siento bien, insisto.
No me quiero quedar acá.

domingo 5 de junio de 2011

Capítulo III / Lamento o Principio de Abstinencia

Diario:
Acabo de quedarme sola en el departamento. El televisor esta nuevamente encendido o incendiado. Porque afuera todo estalla. Y acá adentro también. Y no es el calor. Ni soy yo. Somos todos que por estos días estamos en constante proceso de implosión. Se acabó todo. No sé precisarte qué abarca a nivel exterior ese todo, si sé (egoístamente) que abarca en mí.
Pero como dice mi madre cuando arremete con sus devaneos pseudos New Age, “por algún lado tenés que empezar Ampi…”
Nunca supe del todo bien si era lo correcto salir corriendo detrás de él, que no es uno, sino varios hombres a la vez. Incluso, a veces, dependiendo del grado de angustia y la hora de la madrugada que sea, alguna mujer.
Hoy no fue la excepción y tampoco lo será mañana ni pasado. Bastará con saber que la verdad no puedo hacer otra cosa o no quiero. En todo caso lo que más me preocupa es que corro tras él/ellos como si se me estuviera/n yendo de las manos constantemente. Tampoco es que sea/n inasible/s. Él/ellos (todos) deja/n agarrarse. Siempre dejó/aron tocarse, pero justo en ese momento me hago a la idea que no quiero y entonces escapo en dirección contraria, para refugiar mi cara de espanto en la dejadez de la goma espuma una plaza. No sé qué quiero escribir, ojala pudiera salirme de lo meramente autobiográfico o algo así, porque parece que molesta, en este contexto en el que a nadie pareciera irle mucho mejor. Tampoco sé por qué aclaro esto. Nadie irá a leer estas líneas jamás. O quizás internamente tenga la secreta esperanza de que así sea y por ello me detengo cada cuatro adjetivos a hacer aclaraciones que creo innecesarias. Lamentablemente no sirvo para hacerme carne de los males del mundo y salir a enarbolar banderitas de colores que cada vez se distinguen menos y esto que te cuento me sucede a mí, aunque no quisiera estar eternamente auto compadeciéndome. Me aburre. Quizás también me genere alguna especie de morbo. Digo, exponerme con el plexo abierto, dejando brotar mis miserias. Todos las tenemos, Ampi, diría mi mami, tan asquerosamente eclesiástica ella. 
Reitero, no quiero auto compadecerme. Lo entendí la otra noche en el frío de esta habitación donde suena constantemente la misma música que proviene del baño contiguo. El botón de descarga del inodoro está roto. Ni Manuel, ni yo nos dignamos a arreglarlo, o a llamar a alguien más para que lo haga. En lo personal, tengo miedo de dos cosas: la primera es que si llego a llamar a alguien más para hacer el arreglo, terminare inevitablemente invitándolo a comer o a tomar un café mientras cambio discos en el reproductor, porque aun a mi edad sigo creyendo que uno es la música que escucha y entonces por eso, está bien que tengas una leve impresión de cómo soy a través de. Siempre y cuando no estuviera Manuel conmigo, porque en ese caso no llamaría a nadie, y me resignaría a oír eternamente el goteo.
Para ser realista la otra idea que me aterra es que de arreglar el botón cesaría el ruido que provoca la música del agua que nunca termina de llenar el tanque. Ese es el único ruido que hay en esta casa cuando me quedo sola, que es casi siempre. No me gusta el soliloquio.
Ni quedarme sin Manuel
Necesito tenerlo cerca, cuidarlo
Es epidérmico.
No sé explicártelo.
Necesito saber qué hace, con quién, a qué hora vuelve. Si lo espero a comer o si como sola, en cuyo caso tardaré horas interminables en deglutir una puta galletita de agua humedecida en un té repugnante.
Tampoco hago un uso desmedido de mis discos compactos cuando estoy sola. Todos tienen algo de él. Todos, exceptuando…
Todos, no existen las excepciones en la musicalización del melodrama que monté entre Manuel y yo.
Eso entendí la otra noche en esta habitación mientras me fumaba el último cigarrillo del atado, no porque no tenga instinto de conservación o quiera morirme de cáncer, o alguno de esos preceptos con los que me bombardean los que de tan sanos empiezan a romper las pelotas. No. Fumaba el último cigarrillo del atado (o eso quería creer) para salir corriendo al minimarket de la estación de servicio y verle la cara al tipo que atiende. Nuestros diálogos se limitan al precio del L&M común, y a aclararle (siempre, todo el tiempo) que le doy justo. Tres pesos. En ocasiones nos lamentamos del tiempo, de la humedad o de la muerte de alguien famoso. A veces me pregunta por Martín, para que yo le aclare por enésima vez que se llama Manuel. De vuelta en mi habitación me juro que la próxima le digo que mi especialidad es el pollo a la mostaza, que trayendo el vino blanco respectivo quedará entre nosotros. Que no soy una trasnochada cualquiera que después de la cena le va a pedir el teléfono de su mujer para contarle que su marido le es. Pero nunca lo hago. Siempre queda pendiente. Y también con el portero del edificio ese. O el hombre que atiende en el locutorio. Siempre lo dejo para la próxima.
Siempre lo dejo para la próxima. Eso entendí la otra noche en esta habitación, mientras me fumada el último cigarrillo del atado.
Entendí por qué.
Porqué sistemáticamente bajo de Internet fotos de hombres completamente desnudos. En este momento tengo más de quinientas en una carpeta a la que llamé OTRA VEZ. Y van mil.
Porqué me paso las noches en vela imaginando que uno de esos hombres anónimos viene a. No pienso en sexo. O sí, también. Pero simplemente dibujo sobre la silueta de su cuerpo el contorno del mío y me masturbo. Más de tres veces por día.
Entendí que además necesito de esas fotos, porque, sin poder especificarte por qué, no puedo imaginármelo a Manuel conmigo.
Es otra cosa.
Manuel es Manuel.
¿O es Martín?
¡No!, es MANUEL.
No Martín.
Detesto ese nombre. Detesto llorar cada vez que conozco un tipo que cuando me dice que se llama Martín, me pregunta porqué lloro. Me rompe las pelotas no poder entender. Lloro. Pero no sé por qué. O si sé por qué, pero resulta que me cuesta hacerme cargo, que para hacerme cargo haría falta que se hiciera cargo el estado de haberme metido en el medio de un proceso histórico como ese, en el que los hijos recién nacidos de gente que estaba con vendas en los ojos y grilletes en los tobillos eran entregados en hogares muchísimo más “armónicos”, “seguros” y un sinfín de encodillados directamente proporcional a la cantidad de angustia que me genera saberme metida en la verdadera vida de un hombre que supone se llama Martín y al que caprichosamente llamo Manuel.
A veces pienso si es real que mi angustia tiene relación estrecha con Manuel/Martín. No lo sé, como no sé tantas otras cosas de la vida. Es uno de esos misterios. Como mi alergia a las cortinas de poliéster. Ambas cosas, el nombre Martín y las cortinas de ese material me hacen llorar. Y en ambos casos no sé por qué. Y en ambos casos me hago correctamente la boluda, como Dios manda.
Entender eso, junto con el último cigarrillo del atado (o eso creía), y con la banda de sonido monótona del goteo del baño, e imaginar al plomero al empleado del minimarket o al portero del edificio o tal vez, solo si me animara, al hombre que atiende en el locutorio. Entender eso un lunes a las tres y media de la mañana con la sábana pegada de semen de no sé quién a un costado de mi pubis. Entender por qué quiero acostarme con el primer tipo que me trata bien, ya sea que me da el boleto en el 132, o me saluda por error en medio de la avenida, creyendo que soy una pariente de una mujer con la que cogía hace dos años y medio atrás. Entenderlo y seguir bajando fotos de Internet, o llamando a altas horas de la noche a un hombre al que yo mismo eché de mi casa (otra) hace años atrás porque quería estar sola.
Entender que es humillante tener a un pibe de doce o trece años en la máquina de al lado mientras selecciono las fotos que no deja de espiar mi monitor, sacudiendo la cabeza indignado, para segundos después contarle al padre lo que vio y pasar a mi lado clavándome su condena en la frente, porque ellos, aún no han entendido lo que yo la otra noche en esta habitación mientras fumaba el último cigarrillo del atado (o eso creía). Entender la humillación que eso representa y no hacer nada al respecto. Por el contrario, seguir abriendo páginas y páginas, inclusive maximizándolas mientras todos en el lugar ya se enteraron de la mina que baja pornografía y hace de cuenta que chequea su correo. O al menos tiene la misma expresión en el rostro. Entender.
Entendí la otra noche.
Entender duele.
Entender duele pienso, mientras acabo de acordame de Manuel en la calle, sorteando balas de goma, gases lacrimógenos y brazos agitando cucharas de madera.
Entender que estoy sola duele.
Y hacer de cuenta que no entiendo tantas otras cosas me duele aún más.

domingo 29 de mayo de 2011

Capítulo II / 19, Vísperas de Caos.

El vapor del baño invadía el comedor como una neblina turbia. Amparo fumaba sentada cerca del ventanal del balcón, mientras escuchaba a Manuel, cantando bajo el agua de la ducha, ajeno al ruido de la calle.

El televisor encendido mostraba la imagen de un grupo numeroso de personas esperando en la puerta de un hipermercado a que alguien saliera a recibirlos. Por detrás de esa gente, se podía ver otro grupo igualmente numeroso de policías esperando un solo movimiento en falso para poder reprimir, resguardados detrás de patrulleros de la Federal, carros hidrantes y hasta decenas de ambulancias que cercaban a la manifestación. Amparo leyó el titular y prestó atención a lo que veía, sin dignarse a subir el volumen. El periodista que relataba los acontecimientos, estaba transpirado y desalineado. Amparo se imaginó al hombre con su camisa pegada al cuerpo, maldiciendo a la manifestación y a todo el Servicio Meteorológico Nacional.

Tomó el control remito. Pulsó “off”, apagó el cigarrillo por la mitad, se levantó enérgica y se dirigió hacia el baño.

Tocó la puerta con el puño y la empujó sin esperar que Manuel le respondiera.

-              Manu, ¿comés acá o ya te vas?
Manuel dejó de cantar repentinamente al oírla. Giró la canilla para cortar el agua y abrió la mampara de un golpe.
-              ¡Pelotuda! ¿podés cerrar la puerta, no vez que me estoy bañando?
-              Perdoname, quería saber si comías acá o ya te ibas…
-              Te dije antes que me voy, que como en otro lado
-              Ok. ¿Puedo poner música, no te jode?
-           Hace lo que quieras Amparo, es tu casa también, pero por favor ¿podés cerrar la puerta?

Amparo buscó un disco compacto de Björk y lo puso en el reproductor. Pulsó play y se sentó en el living, mirando fijamente al baño. Se imaginó que estaría pasando en la puerta de ese hipermercado desde que había apagado el televisor. Sería un ir y venir de balas de goma, chorros a presión sobre los rostros hambrientos de, escudos protegiéndose de los que pedían como si se tratase de animales carnívoros, luego de una interminable hibernación. El rostro del relator del canal de noticias con la camisa siendo una nueva capa de piel, estaría seguramente hablando de esas personas en forma genérica, todo lo que no se puede nombrar, porque no conviene, se reduce a un sinónimo que incluye a opuestos en un conjunto cada vez menos homogéneo. Pero, para este buen hombre, que honra la información objetiva tanto o más que a su propia madre, ese grupo numeroso de rostros traicionados por el calor y el hambre, son indigentes pagos vaya a saber uno por qué fuerza política de turno. Y seguramente, a modo de argumento, el productor del programa de noticias, estará mostrando en simultáneo, con la pantalla dividida en dos, la manifestación que al mismo tiempo se engendra en Plaza de Mayo. Para establecer la oposición entre ambos grupos. Unos abollan tapas de cacerolas muñidos de cucharas de madera, los otros piden comida. Unos combinan el color de sus prendas de pies a cabeza, a los otros el gris los identifica más allá de la raída vestimenta, es esa negación de la luz encastrada en las pupilas, desasosiego que le dicen.

Amparo se imagina que sobre cada una de las dos divisiones de la pantalla, el canal de noticias marcará la diferencia con títulos como “legítimo” e “ilegítimo”. Dice en voz alta, mientras clava su mirada en la imagen negra del televisor apagado, ¿Qué te preocupa? ¿La camisita desalineada o la gente cagada de hambre? Preferirías estar cubriendo el verano en Punta del Este o en Pinamar. ¿Es eso, verdad? ¿Para qué amargarnos? Pobres hubo siempre, y no podemos hacer nada nosotros, tan colaboracionistas que somos llevando nuestra ropita inservible a las iglesias durante las Campañas de Caritas. Eso pensas hijo de una gran puta, ¿verdad?  Estarás maldiciendo al Gerente de Noticias que te mandó a cubrir el estallido, mientras se toma un tesito frío de frutos del trópico bajo la suave brisa de su aire acondicionado split. ¿Por qué no hacés una cosa? Llamala a mi mamá y contale por teléfono lo que ves, ella seguramente piense como vos, que son pobres, sí, pero que esa misma pobreza los lleva a ser tirados de las narices por Don Dinero, Don Choripan y siguen las firmas…

Pensó en avisarle a Manuel lo que estaba sucediendo afuera.

Manuel abrió la puerta del baño. Estaba con el torso todavía húmedo y una toalla blanca cubría la mayor parte de sus piernas.

Cuando encontró a Amparo sentada en el sofá, comenzó a reírse.

-              ¿Pensás insistir, no?
-              No te entiendo.
-              Amparo, dejá de hacerte la boluda, ¿querés?
-              Basta Manuel, estoy sentada escuchando música.
-              ¿Podés cortarla con lo de Manuel?
-              ¡Te dije mil veces que no me gusta tu nombre!
-              Amparo, cortala ¿querés?
-              No, nadie te obliga a usar ese nombre, podés llamarte como quieras…
-              Sos una pendeja tarada…
-              Puede ser, pero me niego a llamarte así…
-              ¡Martín es mi nombre!
-              Basta, desde hoy sos Manuel, punto.
-              No te entiendo, te juro que a veces no te entiendo. No sé por qué llorás cuando algo no te gusta…
-              No empieces de nuevo.
-              Si Amparo, empiezo. Y dejá de llorar, ¿qué te pasa? Vos no estás bien, no podés llorar porque no te gusta mi nombre, ni obligarme a cambiármelo, es ridículo…
-            No sé qué me provoca tu nombre, pero mientras no lo sepa vos te llamás Manuel y listo.
-              ¿Por qué no probás con un psicólogo? ¿No te ayudaría?
-              ¿A quién? ¿A mí o a vos?
-              A los dos boluda.
-      No Manuel, no nos ayudaría ni a vos, ni a mí… ni a nadie. Te llamás Manuel y no lo discutimos más.

Manuel entró en la habitación, mientras oía los pasos de Amparo dirigiéndose hacia el baño. Se visitó bruscamente. Siempre elegía en detalle qué ponerse. Esta vez no. Abrió el placard, tomó una remera, unos jeans y unas zapatillas blancas. Tomó su mochila, las llaves del departamento que estaban sobre la mesa de luz, cerró la puerta del dormitorio, evitando hacer ruido.

Una vez dentro del ascensor, oyó los gritos de Amparo del otro lado. Se miró en el espejo.