Madrugada de viernes/sábado. Un día de esos, que bien puede ser éste viernes que en realidad es, o puede que redondamente sea otro (Por eso elijo no poner la fecha exacta, aunque la sepa, 17/06) O tal vez será que. Bueno stop. Basta de tanta explicación. Es madrugada de viernes/sábado y me siento en medio de un hecho crucial.
Para empezar y siguiendo con mi manía de buscar palabras que uso como si supiera qué significan, agarro el diccionario y copio (para empezar a entenderme)
Reflexión de último momento: ojala fuera tan fácil, se me acaba de pasar por la cabeza, que todas las dudas que uno tiene a diario, agarrás un libro, elegís por orden alfabético y encontrás una respuesta. Cerrás el libro y seguís como si nada te perturbara. Y así todo el tiempo.
Crucial: Adj. De figura de cruz: incisión crucial // Fig. Culminante, fundamental.
Reflexión número dos: lo que voy a contarte tiene que ver más con la definición figurativa que con el adjetivo. Aunque reflexionando por segunda vez, tiene algo de cruz. En otro sentido.
Empecemos por el principio: subsanado el inconveniente anterior con mi señora madre, digo, dadas las explicaciones del caso, el Lemon Pie arrojado a la basura y alimentado el gato, se me ocurrió la estúpida idea de tratar de ver a Manuel, pero sin que me viera. Como si la muy pelotuda fuera transparente, supongo que diría mi hermanito, segunda parte de este día crucial.
Concretamente, sabiendo el horario en el que sale de la librería (en la que no trabajo más, ya te contaré cómo y de qué vivo ahora) te decía, sabiendo el horario de salida, se me ocurrió observarlo desde la vereda de enfrente. ¿Querés que te diga algo? (Mimetizándome con mi progenitora) Lo ví muy desmejorado. Qué sé yo, fue la primera impresión, supongo que en algún momento imaginé que ella tenía razón, que Manuel se droga y estaba súper duro cuando cerraba la cortina del local. Muy ojeroso, la ropa toda arrugada, y eso. Siempre fue un poco dejado, pero supongo, nuevamente desde mi costado vieja chota, que desde que nos alejamos y no estoy cerquita para plancharle las camisas, prepararle la comidita y acomodarle el pelito… No, no, perdoná. Estoy evadiendo, tratando de hacerme la graciosa y la verdad es que me hizo mierda verlo.
¿Y para qué fuiste a su encuentro? Preguntás, pregunto, preguntarán (¿Quiénes?) porque soy una omnipotente de mierda y supongo que sin mí, y más allá de tener puesta la libido en otra mina, no puede “ser” sin quien te escribe. Es decir, somos dos, siempre tuve esa sensación. Mutualismo, me acuerdo de haberlo visto en la primaria, la vaca y el pajarito comiéndole los microbios… O algo por el estilo.
No me hagas caso.
Simplemente necesitaba verlo. Y el punto es que mientras lo miraba como una idiota, terminó de cerrar el local, se dio vuelta y enfiló para donde estaba yo, escondida detrás de un arbolito de morondanga que apenas si tapaba la mitad de mi pollera. Cruzó la calle casi sin mirar en el sentido desde donde venían los coches, clavándome la mirada. En ese momento y como tantas otras veces, me sentí estúpida, y tuve enormes ganas de estar tirada sobre las piernas de mi mamá llorando a moco tendido, que dicho sea de paso, hace años que no lo hago y lo extraño.
Terminó de cruzar la calle y se paró enfrente de mí. Le dije “hola”. Me estudiaba con la mirada como si no supiera bien de dónde me conocía. Yo no podía hablar, de hecho no le dije nada más, ni le respondí cuando me preguntó si había ido hasta la librería a buscar el cassette de la cantante “japonesa” que tenía en su walkman. Y sentí que perdía noción del espacio y el tiempo, como sí, en ese instante en que metía la mano en el bolso y sacaba el cassette, sólo estuviéramos los dos en medio de un paisaje llano y desértico.
Fueron dos segundos.
Agarré el cassette, lo metí en el bolsillo de mi campera de jean y no sé quién de los dos se fue primero o qué nos dijimos. Yo empecé a caminar mientras me reía. Entiendo que de mí.
¿Será como decía al principio, un hecho crucial? Qué sé yo. Me cruzo con el tipo que me desestabiliza con solo tenerlo enfrente y sin embargo ninguno de los dos tiene nada para decirle al otro. ¿Habrá un antes y un después? Me devolvió el cassette como diciendo “bueno nenita, no te debo nada, no tenés excusa, dejame hacer mi vida en paz. Seguí garchando con Eduardo los viernes, suerte” ¿Ese fue el mensaje de su mutismo, de sus movimientos fríos, de su mirada? No quiero ni pensarlo.
Pero no termina ahí. Después de eso, entré en un cyber café con la intención de enviarle un mail a mamá. Supongo que esa cosa impersonal de escribirle y no llamarla, mantiene la distancia que ambas necesitamos y también fantaseo con la posibilidad de que se trate de otra persona y no la que es.
Tenía la intención de contarle esto también, decirle que hay otro Manuel detrás de esa voz drogona; que esa voz tiene la facultad de enmudecer la mía; que es la primera vez que siento a un hombre como tal; que el resto me parecen insípidos, como si no pudiera entablar ningún vínculo con otro tipo que no fuera él.
Cuando abrí mi casilla de correo electrónico me encuentro con las siguientes líneas de mi hermanito, el deportado… Imprimí una copia, para agregarlas en el parte del día de hoy, en plan de mostrarte con documentos lo que más o menos ya suponés de él.
Plasticola y dos hojas tuyas me alcanzan para que empieces a entender a qué me refiero.
De: Pablo Makaroff (SMTP: pmakaroff@imail.com.ar)
Enviado el: Jueves, 16 de Junio de 2004 10:28 a.m.
Para: Amparito
Asunto: Importante: TEMA ABOGADA
Para: Amparito
Asunto: Importante: TEMA ABOGADA
Amparo: hoy me mandó un correo la abogada y todavía no le llevaste nada. Haceme el favor, porque una vez que le lleves eso, yo le mando la guita que faltaba.
Pablo.
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De: Amparito
Enviado el: Viernes, 17 de Junio 08: 35 PM
Para: Pablo
Asunto: RE: Importante: TEMA ABOGADA
A ver, no me mal interpretes: A tu querida abogada le dejé dos mensajes en el contestador avisándole que yo no podía por lo horarios del trabajo y demás, acercarme hasta Tribunales para llevarle los papeles como me había pedido una vez que llamó a lo de mamá. Digo, todo bien, pero vos estás en Italia, a diez mil kilómetros de distancia y esta otra idiota también se pone exquisita y me pide que me acerque, y por alguna extraña razón siento que ni vos ni ella se fijaron que yo no soy mensajera… ¿No? Tengo derecho a decir no tengo ganas y sin embargo no lo hice, pero paremos un poco. En adelante para evitar mails y mal entendidos, manéjense directamente entre ustedes que parece que se entienden a las mil maravillas y no como nosotros. Y para terminar, me jode también que no escribís durante dos meses y una vez que lo hacés solo me preguntás por los papeles de mierda, obviando si yo estoy bien y esas cosas. El tema es que no me sorprende, y está bueno que alguien te lo diga de una vez por todas: Siempre, siempre, incluso cuando creíste preocuparte por los demás, te preocupaste por vos mismo, Pablo. Siempre. Y si alguna vez me lo banqué y te perdoné fue porque te quiero… y también porque vos y mamá son lo único más o menos similar que tengo a una familia. Dicho sea de paso, a ella también le perdoné miles de cosas. Aunque a veces los dos me pinchan y me terminan jodiendo como vos en este momento. No sé, pensalo. Siempre parece en nuestra historia que la tiro al aire, la equivocada, soy yo, y la verdad es que me jode ese lugar en el que me ponés, cuando en realidad lo que me estás pidiendo con lo de los papeles es que solucione algo de lo que no quisiste hacerte cargo en su momento porque tenías que irte a Italia a perseguir tus sueños. Es más, para que quede claro: yo apruebo tu viaje a Italia, mas allá de lo que te haya dicho nuestra santísima madre, pero estaría buenísimo que te dieras cuenta que, a veces, los otros tenemos una vida de la que ocuparnos, y que pareciera que eso no te importa o te importa poco… Es más importante tu casa, esa que vos quisiste comprar en su momento, y que incluso con mis diferencias al respecto, también aprobé… Todo tiene un límite Pablo. Pensalo.
Igualmente acabo de llamarla a tu abogadita para que pase por mi departamento a retirar esos papeles de mierda. Obviamente pretendía que se los mande por un mensajero y que lo pagara yo. ¿Entendés a qué me refiero? No solo tengo que lidiar con tu indiferencia hacia mis cosas, sino que además tengo que soportar que esta pelotuda, a la que supongo le pagarás los honorarios en Euros, me pida que le banque el mensajero.
Hasta acá llegamos.
Tema abogada, solucionado.
Mis cosas bien, por si te interesa. Acá seguimos manejándonos en pesos, el presidente tiene un ojo desviado y se parece a Tristán. Y cuando cobro el sueldo me lo pongo entre las tetas por miedo a que me lo roben… No como vos y tu venerada Italia.
Un beso.
Amparo.
Sí, soy una tarada… Cuando él se fue a Italia, y por esa cosa que tenía antes de idolatrarlo hasta lo insoportable, acepté hacerme cargo de su divorcio, a través de un poder amplio que me dejó. Ahora que lo pienso ese poder lo podría utilizar para cobrarme su indiferencia congénita… pero no, prefiero hacerlo venir desde allá. Le va a doler más. A veces siento que me aburro de mí misma.
¿Entendés? No quiero ponerme melodramática, pero ¿todas mis relaciones con los hombres se van a dar en esos términos? Es decir, Pablo no me ve, con Eduardo solo cojemos sin hablar y con Manuel monosílabos que alargan cada vez más el abismo que nos separa.
Te lo dije antes, es viernes, podría haber sido éste, o cualquier otro. Pero hay una diferencia que lo hace (supongo) “especial”: la principal es que acabo de llamarlo a mi amante mudo y le dije que estaba con la regla. Sé que suena cursi, pero así le llama él y no menstruación, dice que le da menos asco. Me dijo que no le importaba, que tenía una cena con otros profesores de la facultad, que se había olvidado de avisarme.
Estoy empezando a sentirme para el culo, gracias a ellos (Pablo, Manuel, Eduardo y un larguísimo etcétera)
Concluyo para cerrar el reporte del día de la fecha: provoco amnesia en los tipos y sin embargo yo no puedo sacármelos de la cabeza. Hijos de mil putas, ya van a ver, el día menos pensado, me declaro casta y ése sí va a ser un día crucial. Para ellos.